¿Y si ponemos de moda nuestras raíces?

¿Y si ponemos de moda nuestras raíces?

Qué interesante sería poner de moda las conversaciones sobre diversidad cultural. Despertar en las nuevas generaciones la curiosidad por sus raíces, su historia y el valor de sus propias tradiciones, en lugar de idealizar culturas europeas con las que no necesariamente comparten una identidad.

Qué interesante sería que nuestros jóvenes quisieran vestir una pollera andina con el mismo orgullo con el que admiran las faldas de la realeza británica. Que descubrieran en sus propias culturas referentes de belleza, identidad y sofisticación.

En los últimos años hemos sido testigos de un creciente interés por la identidad latinoamericana. Artistas como Bad Bunny han contribuido a poner en valor la cultura puertorriqueña y, estoy segura, han inspirado a muchos jóvenes a mirar su tierra con otros ojos, a reconocer su riqueza y a imaginar un futuro en ella, sin sentir que las mejores oportunidades están necesariamente fuera de sus fronteras.

En la moda, cada vez más marcas han llevado a primera fila los colores, las texturas y la fuerza estética de nuestras culturas. Una identidad llena de color, sabor, espontaneidad y efervescencia, pero también atravesada por nuestra historia, nuestras lenguas y las diversas cosmovisiones que conviven en este territorio.

Porque Latinoamérica no es solo una estética que merece estar de moda. Es memoria, identidad, pensamiento y una riqueza cultural que merece ser reconocida, respetada y celebrada.

¿Cómo se atreve una peruana a hablar de habitar su tierra si no vive en ella? Ja, gran ironía. Antes de responder esa pregunta, quiero contarles un poco sobre mí.

Vengo de una familia que, desde mis primeros recuerdos, ha llevado con orgullo la bandera de nuestra tierra.

Por mis venas corre sangre andina, heredada de mi linaje materno, y sangre afrodescendiente, de mi linaje paterno. Soy mestiza. Pero, más allá de las discusiones que puedan surgir alrededor de esta autoidentificación étnica, lo que quiero expresar es que soy una mezcla de raíces, culturas, sabores y colores. Una historia construida a partir de distintas herencias que hoy conviven en mí.

Mis abuelos maternos y paternos llegaron a Lima en busca de mejores oportunidades y de una vida más digna para sus hijos. Sin embargo, en ese camino nunca dejaron de ser quienes eran. No necesitaron renunciar a su identidad para abrirse paso en un nuevo entorno. Conservaron sus costumbres, sus historias y sus formas de ver el mundo, y nos transmitieron ese legado a quienes llegamos después: hijos, nietos y bisnietos.

Porque la identidad también se hereda. Se transmite en las conversaciones familiares, en los sabores de la infancia, en las costumbres que repetimos sin preguntarnos de dónde vienen y en el orgullo con el que aprendemos a reconocer nuestra historia. Se transmite con naturalidad cuando hay amor, memoria y valoración por lo que somos.

Hoy, junto a mi única abuela viva, la reina de mi vida, mi mamita Lida, entiendo un poco más por qué se me acelera el corazón, se me eriza la piel y se me cristalizan los ojos cada vez que hablo de mis raíces. Me sucede cuando aprendo algo nuevo sobre mis antepasados o descubro un detalle de nuestra historia. Es una emoción difícil de explicar, como la de un pirata que, después de una larga travesía, encuentra un tesoro.

También soy una mujer soñadora. Desde pequeña imaginaba mi vida en otro país latinoamericano, uno donde la cultura estuviera presente en cada esquina: en los mercados, las fachadas, los sabores y, sobre todo, en la vida cotidiana de su gente.

Para ser sincera, nunca soñé especialmente con cruzar el océano para vivir en Europa o en Oriente. No porque esos lugares carezcan de belleza o riqueza cultural; al contrario, espero algún día conocerlos y descubrir sus historias. Simplemente, mi curiosidad siempre ha encontrado un lugar especial en Latinoamérica.

Hay algo en la calidez de su gente, en los mercados llenos de color, en la diversidad de sus expresiones y en esas historias que todavía permanecen vivas en sus calles que me resulta profundamente familiar. Como si recorrer Latinoamérica también fuera una forma de acercarme a mí misma.

Porque nuestra riqueza cultural no está únicamente en aquello que conservamos del pasado, sino también en la manera en que seguimos transformándolo y transmitiéndolo a las nuevas generaciones. Cuanto más descubro de dónde vengo, más entiendo quién soy.

Y quizás sea ahora, al ser mamá de dos niños, cuando comprendo con mayor profundidad la responsabilidad que implica transmitir una herencia cultural.

No quiero que mis hijos conozcan sus raíces únicamente como un dato en su árbol genealógico. Quiero que sepan que detrás de sus apellidos y sus rasgos hay historias de personas que soñaron, migraron, trabajaron, resistieron y amaron. Personas que hicieron posible que hoy ellos estén aquí.

Quiero que conozcan el Perú de sus abuelos, que descubran la riqueza de los Andes y reconozcan la herencia afrodescendiente que también forma parte de su historia. Que comprendan que vivir entre diferentes culturas no significa tener que elegir una y renunciar a las demás, sino aprender a convivir con todas ellas.

Y también quiero que sientan curiosidad por las comunidades que habitan este territorio colombiano que hoy es nuestro hogar, por sus tradiciones, sus lenguas y sus maneras de comprender el mundo. Porque la cultura no es una pieza inmóvil de museo: es algo vivo que se transforma con cada generación, cada encuentro y cada historia compartida.

Es precisamente ahí donde encuentro el sentido de Apuski.

Más que crear objetos, quiero construir un universo donde las historias de nuestros pueblos tengan un lugar. Un espacio en el que las técnicas ancestrales, los materiales naturales y el trabajo de las manos sean reconocidos por todo lo que representan; donde las comunidades que conservan estos saberes sean protagonistas de sus propias historias y lo hecho a mano se reconozca como una expresión de conocimiento, identidad y sensibilidad.

Honrar a mis ancestros también significa reconocer a quienes hoy mantienen vivos esos saberes: escuchar, aprender, dar crédito y construir relaciones respetuosas con las personas que hacen posible cada pieza. Porque no podemos hablar de preservar una cultura si olvidamos a quienes la sostienen.

Por eso, cuando pienso en el 12 de octubre, me pregunto qué pasaría si convirtiéramos la diversidad cultural en una conversación cotidiana. Si nuestros jóvenes sintieran curiosidad por sus raíces y encontraran en ellas referentes de belleza, creatividad y sofisticación. Si vestir nuestras tradiciones, conocer nuestras lenguas y explorar nuestras expresiones artísticas despertara tanto interés como seguir las tendencias que llegan de otras partes del mundo.

No se trata de dejar de admirar otras culturas, sino de aprender a mirar la nuestra con la misma curiosidad. De entender que no necesitamos parecernos a otros para reconocer nuestro valor, ni esperar a que el mundo convierta nuestra identidad en tendencia para sentir orgullo de ella.

Latinoamérica es mucho más que una estética o una paleta de colores. Es memoria, resistencia, creatividad y una multiplicidad de cosmovisiones que merecen ser escuchadas y respetadas. También es un territorio marcado por heridas históricas, desigualdades y procesos de exclusión que siguen afectando a muchos pueblos originarios y comunidades afrodescendientes. Reconocer nuestra diversidad implica celebrar su riqueza, pero también asumir la responsabilidad de conocer esa historia.

Este 12 de octubre, quisiera que nos diéramos la oportunidad de investigar la historia de nuestras familias, escuchar a nuestros mayores y acercarnos a las expresiones culturales de nuestros territorios. Que enseñáramos a nuestros hijos a reconocer el valor de los saberes y las tradiciones que tantas veces pasan inadvertidos.

Yo seguiré haciéndolo desde mi lugar: como mujer peruana que encontró un hogar en Colombia, como nieta de personas que supieron conservar parte de su identidad a pesar de los cambios, como madre y como creadora de Apuski. A través de mi trabajo, quiero contribuir a que esas historias sigan encontrando nuevas formas de expresión.

Y ahora viene una confesión: acabo de caer en cuenta de que mis hijos no solo llevan sangre peruana y colombiana en sus venas. Mi suegra es ecuatoriana, hija de padres palestinos, y mi suegro es colombiano, hijo de alemanes que huyeron durante la Segunda Guerra Mundial.

¡Vaya mezcla de historias la que llevan estos niños! Culturas, migraciones, memorias y mundos distintos que se encuentran en una misma familia.

Así que, cuando pienso en qué quiero transmitirles, entiendo que no se trata de enseñarles a pertenecer a una sola cultura, sino de darles las herramientas para conocer, respetar y valorar todas las que forman parte de su historia.

Y vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿cómo me atrevo a hablar de habitar mi tierra si no vivo en ella?

Quizás porque habitar también es recordar, investigar, honrar y mantener vivos los vínculos que nos unen a un lugar, incluso cuando la vida nos lleva lejos. Porque migrar no tiene por qué significar renunciar a nuestras raíces.

Y porque, al final, conocer de dónde venimos no nos impide descubrir el mundo. Nos permite recorrerlo sabiendo quiénes somos.

Qué interesante sería que algún día nuestras raíces no necesitaran ponerse de moda para que aprendiéramos a sentir orgullo de ellas.

Besitos,

Ximena Ruiz

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